«Hoy es martes y trece…»

… decía Moj a sus discípulos, esos juveniles zagalines de la más dudosa procedencia. «Los martes y trece siempre me traen buenos recuerdos de mi infancia en Estonia, en aquella fábrica de papel cebolla». Los ojos de Moj brillaban con mil destellos, la mirada se perdía en el vacío.

«Una tarde de Septiembre», dijo al fin, «un día igual que hoy, tendría yo unos trece años, ocurrió algo increíble en Popoff, provincia de Badajoz, mi pueblo. Catalino, el viejo vigilante de sembrados de boniatos silvestres y presidente honorario de la Sociedad Albondiguera del Sur, desapareció delante de diecisiete testigos atónitos. Estaban inaugurando la XXVIII Feria de la Albóniga, y justo cuando iba a hacer el mordisco de honor… ¡puf! Se desvaneció en el aire. La albóndiga a medio morder quedó suspendida unos segundos, sin hacerse todavía a las leyes de la física, antes de caer y manchar la mantelería de Manchuria».

«A los cinco minutos, Catalino volvió a aparecer, unos metros más allá, vestido de Sisí Emperatriz. Nadie supo por qué ni cómo. Tras el impacto inicial, y pasando unos días, a todos se nos terminó olvidando el incidente».

«Mi maestro, el mago Leocadio Apóstroff, natural de Benavente del Alcaucil, sin embargo, no lo olvidó. Desde el día del incidente había cambiado todas sus rutinas. Ya no pasaba las sobremesas jugando al diábolo encima de un palo en el patio de atrás. Ahora no salía de su estudio, devorando libros y más libros repletos de arcana sabiduría. Decía no se qué de la dimensión paralela, una especie de gender-bender hipervitaminado. También hablaba de tesoros, de habilidades sobrehumanas, y de miriadas de monstruos y demonios. Al poco se atragantó con el hueso de un melocotón y se murió».

Y los niños se preguntaban a qué carajo venía ahora todo eso.

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